domingo, 28 de junio de 2020

Estado

Entrada cortita para hacer un anuncio. La segunda novela de la saga está terminada en un 90% y con título definido. ¿Qué sigue?, pues de primeras hacer una revisión completa y algunos cambios más o menos grandes, así que ese proceso va a tomar su debido tiempo. Ya iré contando más.

Y sí, estoy buscando editorial y contemplando otras alternativas, porque a cómo están las cosas ahora...

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Fragmento



Siguieron una trocha, adentrándose en el valle. Como en todas las regiones que componían el Mundo Oculto no había bestia correteando en el suelo o entre las ramas ni ave cruzando el cielo celeste con nubes blancas, el silencio sólo era roto por sus propios pasos y el viento por momentos susurrante, aullante por otros, transportando en sus alas invisibles la amenaza de monstruos ocultos en las sombras del mediodía.


-Fragmento de un proyecto relacionado a la Cofradía del Dragón Dormido. Me gustó, así que lo comparto por aquí.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Reminiscencias


Tras el mostrador un hombre de edad avanzada se sentó en un banco bajo la ventana disfrutando de los rayos solares y el fresco viento que entraban por ella. Parpadeó con ojos cansados, mirando la silenciosa tienda donde se encontraba, y sonrió débilmente. El reloj de pared le indicó que eran las nueve de la mañana y empezó a dejarse vencer por el sueño arrullado por su rítmico tic-tac.
—Hoy es lunes, la señora Ottis vendrá a las once —murmuró para sí. Ejercitó su memoria—. Comprará cinco chocolates con crema de menta, dos latas de frutas en conserva, tres paquetes de galletas de vainilla y una de naranja, tres cajas de cereal de chocolate, tres botellas de yogur natural y dos de refresco de naranja, artificial por supuesto.
Rio para sus adentros y recostó la barbilla en el pecho. Podría dormir hasta las once, hasta que la regordeta señora Ottis entrara como un huracán y empezara a hablarle mientras recorría la tienda de la manera más ruidosa y caótica posible. Le hablaría del poco tiempo que tenía, de que su marido había vuelto a viajar a otra Capital y de sus hijos, en especial de la mayor, que ya cursaba la secundaria y de quien estaba tan orgullosa.
Él conocía a la señora Ottis desde que era una niña y recordaba claramente una ocasión, treinta y siete años atrás, en la que sus padres la llevaron por primera vez. Se habían mudado al pueblo recientemente pero ya todos allí habían oído el apellido Ottis pues era el de la pareja que el recientemente elegido alcalde había contratado para dirigir la expansión del área urbana y comercial, lo que en su momento no gustó a la comunidad. Pero cuando esa mañana entraron en su tienda eran sólo una pareja con una niña pequeña de ojos brillantes que intentó escapar con un chocolate con crema de menta.
El sonido de la puerta al abrirse y cerrarse se abrió paso lentamente entre su cálida ensoñación. Oyó pasos pesados que no reconoció y abrió los ojos con curiosidad. Un muchacho alto, de piernas largas y hombros anchos se movía erráticamente entre las góndolas de metal, como si no supiese qué estaba buscando, hasta que se detuvo frente a la cámara frigorífica con las bebidas.
Llamó su atención lo pálido que estaba, la expresión aturdida en su anguloso rostro y el uniforme que vestía. Era la primera vez que veía al muchacho pero conocía bien el uniforme pues su local estaba ubicado cerca de la escuela secundaria del pueblo y todas las tardes, al término de las clases, se veía inundado por estudiantes.
—Una cara nueva en el pueblo —dijo a modo de saludo, sonriendo y poniéndose de pie. El muchacho dio un respingo.
—Ah...hola. —Saludó con voz gruesa y se acercó con una botella de refresco, sacando unas monedas de un bolsillo.
—¿No deberías estar en clases? —preguntó tranquilamente mirándolo por debajo de las cejas mientras abría la caja registradora.
—Sí, de ahí vengo —contestó con incomodidad evidente—. Pero...bueno, me han expulsado. Era mi primer día así que creo que es un nuevo récord. Soltó una breve y nerviosa risa que ahogó con el refresco. El anciano lo miraba fijamente, sin parpadear.
—¿Qué hiciste?
—Una cosa llevó a otra y terminé arrojando a un cretino del segundo piso —respondió—. Pero está vivo, eh. Hubo más susto que daño. Creo.
—No pareces arrepentido —comentó el anciano volviendo a su banca. Había notado el cambio en la mirada del joven, el brillo iracundo en su mirada y el temblor en sus dedos, como si quisieran cerrarse en torno a algo.
—Lo mismo me dijo el Director —replicó con una mueca de desagrado—. También dijo que si me disculpaba a la escuela y a la familia podría quedarme.
—Y obviamente no aceptaste. ¿Por qué?
—No es la primera escuela de la que me expulsan —admitió mirándolo fugazmente—. Cuando eres como yo te acostumbras a que los problemas vengan como moscas a la mierda; algunos quieren que hagas cosas, otros piensan que haces cosas y otros no quieren que hagas absolutamente nada. Pedir disculpas no hace más que empeorarlo todo, es como tener una deuda.
—Ah, pero sin importar donde vayas vas a encontrar a personas así —El anciano sonrió ante el peso de los recuerdos—. Lo que te corresponde es aprender a lidiar con ellas. De la manera menos violenta posible, preferiblemente.
—Ya. No se cuántas veces me lo han dicho, pero no es tan simple —Parecía genuinamente frustrado—. No para mi.
—Dices que no es la primera vez que te expulsan pero esta vez hay algo distinto, ¿me equivoco? El muchacho despegó los ojos de la etiqueta para mirarlo.
—Mis padres no están aquí, viviré solo hasta terminar el año escolar —explicó tras unos segundos de duda—. Bueno, ese era el plan. Pensaron que las cosas serían distintas si tenía más responsabilidades, pero creo que simplemente se hartaron de mis problemas.
—Dudo muchísimo que ese sea el caso —contestó con amabilidad—. Sin importar lo que ocurra un hijo será siempre un hijo. El muchacho bajó la mirada, terminó lo que quedaba de refresco y soltó la botella vacía en el basurero.
—No tienes intención de darles la noticia. —adivinó cerrando los ojos.
—No quiero darles otro disgusto tan pronto, y tampoco es algo que ellos puedan solucionar —Oyó que le decía con una evidente nota de resignación en la voz—. Soy yo quien tiene que arreglar esto de alguna manera. ¿No?
Satisfecho el anciano respondió: —Supongo que te veré a menudo, muchacho.
—Mads, me llamo Mads.
—Te queda bien.
—Demasiado, dicen algunos —Sonrió e inclinó la cabeza como despedida—. Gracias.
—Hace muchos años conocí a una persona como tú, joven pero con un algo que le hacía parecer como si conociera el mundo entero, o lo que queda de él —dijo el anciano cuando la puerta se abrió. Mads se quedó quieto y miró por encima de su hombro—. Ella me dijo que a veces la única manera correcta de hacer algo es la que sólo tú puedes idear. Este lugar existe gracias a ese consejo así que es uno no tan malo.
—¿Quién era? —preguntó con inquietud.
—Mi esposa.
—Es un buen consejo, gracias. El anciano entreabrió un ojo y lo observó hasta que se perdió de vista en la calle.
—No los dejes, Mads. Se acomodó y cerró los ojos.

sábado, 20 de octubre de 2018

Entre tazas de café


Eran ya pasadas las nueve de la noche cuando la campanilla de la puerta sonó furiosamente, acompañada por el sonido de las personas que entraban y una voz temblorosa dándoles la bienvenida. Un hombre joven, con un delantal negro que cubría su camisa color crema y sus pantalones negros hasta las rodillas, se acercó a prisa desde el segundo ambiente de la cafetería y dio un vistazo a los recién llegados.
—Espera —Detuvo con una mano a la muchacha que se disponía a atenderlos. Ella lo miró incómoda—. Yo me hago cargo de éstos, ¿puedes tomar la 18 y la 22?
—Por supuesto —aceptó asintiendo con la cabeza con gesto de alivio—. Gracias.
—Ni lo menciones. —El joven tomó cuatro cartas y se acercó a la mesa que habían ocupado con paso seguro. Normalmente no se hubiera molestado en ofrecerse, pero ella llevaba apenas dos semanas trabajando ahí y estaba bastante seguro de que le harían la noche un infierno.
—Buenas noches —Los saludó, repartiendo las cartas. Tres hombres y una mujer, todos con un tatuaje similar en la sien derecha y de más o menos su edad, se habían acomodado en la única mesa con sillones. Y con ellos un inconfundible tufo a alcohol. Por fortuna, ninguno parecía especialmente ebrio—. Sinceramente espero que licores no sean lo único de vuestro gusto.
—¿Eh? —Uno de los hombres, de facciones agudas y ojos extrañamente acuosos, que sudaba a mares bajo una chaqueta negra, lo miró de hito en hito—. ¿Dónde está la chica de la puerta?
—Lamentablemente tiene otras mesas que atender —contestó sonriendo. «Al menos no te estoy mintiendo.»
—Ah, que pena. Me gustaba, tiene pechos grandes —dijo con una sonrisa idiota. Los otros dos le dieron la razón.
—Tendrán que conformarse conmigo. Mi nombre es Joshua, os atenderé esta noche —replicó forzándose a seguir sonriendo. El tufo era increíble.
—No hay problema, Joshua —dijo la mujer sonriendo y mirándolo de arriba abajo—. No estás tan mal.
—Debe ser el alcohol. —Improvisó, sintiendo la mirada poco amigable de uno de los hombres. «El novio, supongo.»
—Acá vamos de nuevo —El tercero, que llevaba una camisa azul y el cabello largo sujeto en una cola de caballo, tamborileó sobre sus rodillas. Los otros miraron hacia otro lado y la mujer bufó por lo bajo—. Quiero un café fuerte para empezar, ¿qué me recomiendas?
—Un Ojo Negro es siempre...
—¿Crees que esto se pasa con uno de esos? —El hombre hizo un gesto de lo más elocuente.
«Tengo la sensación de que ésta será una noche jodidamente larga.»

—¿Qué tan mal están? —Le preguntó el barista con una sonrisa cuando, tras diez minutos, se acercó a la barra luego de haberles tomado la orden. Jacques era un hombre que estaba en sus treinta, cosa un tanto difícil de adivinar por su aspecto y lo jovial y descarado que solía ser.
—No tanto como el viejo loco del mes pasado, eso seguro —replicó.
—Dejó el listón demasiado alto. Al menos no han escatimado con el pedido —comentó dando una mirada al pequeño monitor que tenía al lado antes de arremangarse y empezar con la máquina de expreso.
—Y más les vale no escatimar en la propina.
—¿En metálico o...? Te retuvo un buen rato. —Le dirigió una sonrisa torcida al tiempo que miraba hacia la mujer del grupo.
—Si no tuvieras que estar aquí estarías con ellos, ¿no? —dijo sacando los emparedados para meterlos al horno.
—¿Qué quieres que te diga? —Alargó el cuello para ver mejor—. No está nada mal.
—¿Cómo le va a Sally? Sabía perfectamente por dónde iba la conversación y que si dejaba que Jacques soltara la lengua su noche iba a ser aún más incómoda.
—¿Cómo crees? Está atendiendo a nuestros regulares —respondió mirándolo por encima del hombro—. Te preocupas demasiado.
—Ya —asintió distraído—. Es sólo que es la primera que entreno. Y no es que sea una aprendiza particularmente rápida.
—Bah, como si eso importara. Es adorable, a nadie le importa si es un poco torpe o distraída.
Estaba a punto de responderle cuando la campanilla volvió a sonar, matando las palabras en sus labios. Jacques le indicó con una seña que se trataba de una persona, de modo que sacó los emparedados del horno y dejó la barra, cogió una carta al vuelo y fue a darle el encuentro. El hombre se había sentado en una mesa para dos, dando la espalda al cuarteto.
—Bienvenido, mi nombre es Joshua, estaré a su servicio —dijo, entregándole la carta. Era un hombre alto y bien formado, de espalda recta y rostro de facciones angulosas, debía estar en sus treinta pero cuando le devolvió la mirada el primer pensamiento que cruzó la mente del joven fue que había algo en sus ojos que no correspondían a su edad, y se estremeció ante la intensidad con la que lo miraba. Si tuviera que juzgarlo por su aspecto y el impecable terno que vestía diría que era abogado de alguien importante. O guardaespaldas.
—Gracias —contestó educadamente, tomando la carta con dedos delgados.
—Volveré a tomar su orden. El cliente asintió con la cabeza y lo dejó. A cualquier otra persona le habría sugerido, con un susurro, que se cambiara de lugar si la conversación del cuarteto le resultaba incómoda, pero dudaba que fuera necesario en ese caso.
—Otra larga noche —dijo Jacques con un suspiro alargándole un par de azafates con tazas de café, emparedados y un quiche.



Aprovechando la ocasión Joshua se miró al espejo. «Al menos no me veo demasiado cansado». Eran pasadas las once, los clientes regulares se habían marchado hacía más de una hora dejando al cuarteto y al hombre extraño como únicos comensales. No es que se pudiera quejar; los primeros habían ordenado tres veces y el quinto había ignorado por completo las provocaciones, incluso cuando le aventaron migajas de pan que luego él tuvo que barrer murmurando disculpas. Nada parecía molestar al hombre mientras leía un pequeño libro que había sacado de algún bolsillo.
—Sólo un poco más. —Se dijo en voz baja para animarse.
Dejó el cuarto de baño, salió al pasillo y entró al cuarto del personal. Allí, con la cabeza apoyada en los brazos, Sally dormía. La despertó sacudiéndole un hombro.
—Ve a casa, ya terminaste aquí. —Le dijo. Abrió su casillero y buscó en su mochila.
—Pero...
—Mañana tienes turno temprano, ¿no? «Dónde diablos las puse».
—Sí, pero... —La muchacha intentó protestar pero desistió no bien Joshua frunció el entrecejo—. ¿Estarán bien tú y Jacques hasta que cierren?
—Pan comido. Los dos estamos mañana en el turno de la tarde, así que no te preocupes por eso.
—Ya... —Sally dudó—. Voy a cambiarme, entonces.
Joshua respondió alzando un pulgar. Repasó mentalmente lo que había hecho esa mañana antes de salir de casa; se había despertado tarde, había metido el uniforme en la mochila, se había lavado la cara y dejado la casa sin desayunar. Se dio un golpecito en la frente; las había olvidado en la repisa del cuarto de baño.
—Pues nada.
Frustrado dejó el cuarto y volvió al salón principal. Jacques limpiaba meticulosamente la máquina de expreso por quinta vez esa noche. Lo miró de reojo y le dijo: —Te reclaman.
Joshua cabeceó un asentimiento y se apuró a la mesa, deseando no encontrar más migajas rodeando al hombre. Lo recibió el de la coleta ya de pie, con las manos en los bolsillos y expresión agria. En el sofá más alejado la pareja se había acurrucado y no para dormir, a juzgar por los ruiditos que salían de las sombras.
—Trae la cuenta, nos vamos.
—¿Efectivo? «Por fin, debimos cerrar hace una hora».
Recibió un gruñido de asentimiento, giró sobre sus talones y volvió a la barra, donde Jacques lo esperaba con el recibo entre los dedos. Mientras lo recibía Sally se les acercó preguntando: —¿De verdad no hay problema en que me adelante?
—Para nada —Jacques le giñó un ojo. El joven de la chaqueta la vio y silbó sin el menor disimulo.
—Cuídate. —La despidió. Ella asintió, lo besó en la mejilla y se apuró a la puerta.
Regresó a la mesa, donde lo esperaba el de coleta. Dio un vistazo al recibo, sacó un par de billetes y pagó, tras lo cual dio un golpe al de la chaqueta, que se había quedado mirando la puerta, y con un par de maldiciones especialmente malsonantes arreó al resto. Joshua los acompañó a la salida con la sonrisa congelada en la cara, cerró la puerta no bien cruzaron el porche y dejó escapar un suspiro de alivio.
—¿Ya van a cerrar? —preguntó el hombre del terno cerrando su libro con un golpe sordo.
—No hasta que el último cliente se marche satisfecho —contestó a toda prisa. Odiaba decir eso, pero era lo que todos estaban obligados a decir cada vez que se daba la oportunidad.
—En ese caso, antes de irme, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto, aunque si es respecto al café nuestro barista…
—No, no —Lo detuvo con una sonrisa apenas visible—. Quiero saber si están dispuestos a vender este local.
—Ah… —Joshua parpadeó. Era la primera vez que le preguntaban algo así—. Lo siento, no creo que el dueño esté contemplando esa opción.
—Oh, entonces él no está aquí esta noche. —El hombre hizo el gesto de fruncir el ceño, pero ni una arruga apareció en su frente. Recién entonces Joshua se percató que no tenía ni una en el rostro, cuello o manos.
—Sí, él ha viajado a otra Capital, pero si usted desea puede dejar su tarjeta o medio de contacto y se lo haré llegar.
—No será necesario —respondió poniéndose de pie y dejando en la mesa un billete—, regresaré en otra oportunidad.
—Lo esperamos —contestó mecánicamente. A través de los cristales de la puerta vio que el cuarteto seguía allí, quizás discutiendo a dónde ir o simplemente esperando a alguien, y añadió— Buenas noches, y vaya con cuidado.
—Gracias —El hombre guardó el libro en un bolsillo interior del saco y abrió la puerta—. Ciertamente no es bueno que la Noche campe sola.
Viento helado se metió por la puerta cuando el hombre se marchó, haciendo volar el billete de la mesa y recordándole a Joshua lo delgadas que eran las camisas del uniforme. Con aire confundido el muchacho se volvió hacia Jacques, que había escuchado la breve conversación desde su posición junto a su querida máquina de café, y se encogió de hombros.
—Venga, cerremos —dijo el barista, con una última mirada de desconfianza hacia la puerta. Joshua asintió, extrañamente incómodo ante la idea de volver a atender a esa persona. Se inclinó y recogió el billete; el rostro impreso le devolvió la mirada, y por un instante creyó ver que le guiñaba un ojo.
—Necesito dormir. Y mis pastillas. Y dormir un poco más —musitó para sí.

El invierno se acercaba y las noches eran frías y ventosas, y Joshua empezó a preguntarse si no sería su última temporada allí.




jueves, 6 de septiembre de 2018

Pasos del Destino


Capítulo 1


Despertó con la incómoda sensación de que alguien lo estaba mirando fijamente. No se movió ni un centímetro y durante unos minutos, que parecieron horas, intentó ignorarla, pero finalmente perdió la paciencia y giró la cabeza hacia la puerta de la habitación. Estaba entreabierta, pero no había nadie allí. Estaba completamente seguro de que había cerrado la noche anterior.

Gruñó mientras se sentaba en el borde de la cama, y entonces vio al gran gato atigrado que, sentado bajo el umbral, lo miraba fijamente. El muchacho sonrió y estiró los brazos mientras decía:
—Por supuesto, tienes hambre. No eres el único.

No bien salió de su habitación, notó que la casa estaba más silenciosa que de costumbre. Bajó las escaleras, cruzó la sala de estar, espió el comedor y entró a la también desierta cocina. No había rastro de sus padres, lo que era extraño pues acostumbraban pasar los domingos en casa. Ello le devolvió a la memoria la desagradable discusión que había tenido con ellos la noche anterior.

—Miau. —El gato se frotó contra sus piernas.

—Mucho mejor así —murmuró con alivio. Tenía la sensación de que ambos estarían más que dispuestos a seguir con la discusión.

Antes de preparar su propio desayuno, abrió una lata de atún para gatos y la vació en el plato de la mascota, que ni siquiera esperó a que cayera todo el contenido para empezar a devorarlo ronroneando con la fuerza de un pequeño motor. Lo miró distraídamente antes de empezar con el suyo.

Quince minutos más tarde estaba sentado en la barra de la cocina con media docena de emparedados de huevo y tocino y una taza de café. A través de la ventana que tenía al costado podía ver el bonito paisaje que conformaba las afueras de Glarden, la enorme ciudad donde vivía y a la cual aún no se había acostumbrado.

Hacía dos meses que se habían mudado dejando atrás el pueblo en el que había pasado toda su vida. A sus padres les habían hecho una oferta de empleo que no habían podido rechazar y tras dos días frenéticos, habían empezado a desempacar en su nuevo hogar.

Todo había cambiado desde que se mudaron. Ambos trabajaban prácticamente todo el día y llegaban a casa ya caída la noche, y él, que había terminado la escuela poco antes de la mudanza, honraba la vieja tradición del año sabático para frustración de sus padres.

—Creo que iré a dar una vuelta —musitó para sí. Era un bonito día de verano y sería un desperdicio quedarse en casa.

Glarden le parecía una ciudad extraña. El centro era una metrópolis circular construida en un amplio valle rodeado por altas colinas cubiertas de hierba en cuyas faldas y cimas planas habían construido urbes más pequeñas para alojar a la creciente población. Carreteras y una estación de metro conectaban cada urbe con el centro, que era donde estaba todo lo interesante.

Pasó buena parte de la mañana paseando por la Plaza Alta, la zona más comercial de la ciudad, llamada así por estar sobre una colina solitaria. Fuera a donde fuera había tanta gente que era difícil moverse, así que terminó por ir a la Fuente de los Fundadores, una glorieta con estatuas que representaban a los peregrinos que, quinientos años atrás, habían llegado a esa misma colina y colocado los cimientos de la ciudad.

Luego de almorzar en uno de los abarrotados restaurantes de comida rápida, se dirigió a la estación de metro más cercana. El súbito sonido de su móvil lo sobresaltó y se detuvo a un lado del camino. Miró la pantalla y se llevó una gran sorpresa al ver que no había ningún nombre o número en ella, sólo una palabra: ERROR.

—¿Eh?

Echó un disimulado vistazo alrededor y bajó al mínimo el sonido del aparato pensando que podía ser alguna clase de broma o el acto de un supuesto mago callejero. Pero no había nada sospechoso en los alrededores, sólo personas comunes y corrientes.

Frunció el ceño con fastidio. Fuera quien fuera quien lo estuviera llamando no desistía. Dudó un segundo y contestó, pero lo único que se oía era el típico ruido de interferencia, lo que no tenía ningún sentido, y antes de poder colgar la llamada terminó abruptamente. Con ella todos los ruidos se apagaron: las voces, los chirridos, las risas..., sólo quedó el viento que levantaba hojas del suelo.

martes, 28 de agosto de 2018

Presentación

¡Bienvenidos a mi blog!

Quienes me conocen recordarán que hace algunos años mantuve un par de blogs de literatura (y un tercero que no viene mucho a cuento); pues bien, este va a ser un tanto distinto. Como quizás ya adivinaste, buena parte del contenido va a estar relacionado a mi novela Pasos del Destino, a la saga que integra y el mundo en el cual se desarrolla. El resto...pues escribiré sobre lo que me plazca.

Dicho eso, es probable que a estas alturas te estés preguntando de qué va todo esto. Pasos del Destino es una novela juvenil de fantasía contemporánea y el inicio de la saga de La Cofradía del Dragón Dormido. ¿Qué puedes encontrar en ella? Pues lo que buscas y más, en especial si lees entre líneas. Sólo no esperes cuentos de hadas, profecías o segundas oportunidades.

¿Quieres saber un poco más? En ese caso permíteme hacerte unas preguntas:

¿Que estarías dispuesto a hacer con tal de ser más de lo que ya eres?
¿Adónde te llevará tu determinación?
¿Qué es lo que te mueve, lo que te impulsa?
¿Qué ocurrirá contigo cuando seas puesto a prueba? ¿Resistirás o te quebrarás bajo el peso de la indecisión, el miedo y la culpa?

El sendero que yace ante ti te llevará a las respuestas que buscas. Es momento de empezar a caminar tu propio destino.