Tras el mostrador un hombre de edad avanzada se sentó
en un banco bajo la ventana disfrutando de los rayos solares y el
fresco viento que entraban por ella. Parpadeó con ojos cansados,
mirando la silenciosa tienda donde se encontraba, y sonrió
débilmente. El reloj de pared le indicó que eran las nueve de la
mañana y empezó a dejarse vencer por el sueño arrullado por su
rítmico tic-tac.
—Hoy es lunes, la señora Ottis vendrá a las once
—murmuró para sí. Ejercitó su memoria—. Comprará cinco
chocolates con crema de menta, dos latas de frutas en conserva, tres
paquetes de galletas de vainilla y una de naranja, tres cajas de
cereal de chocolate, tres botellas de yogur natural y dos de
refresco de naranja, artificial por supuesto.
Rio para sus adentros y recostó la barbilla en el
pecho. Podría dormir hasta las once, hasta que la regordeta señora
Ottis entrara como un huracán y empezara a hablarle mientras
recorría la tienda de la manera más ruidosa y caótica posible. Le
hablaría del poco tiempo que tenía, de que su marido había vuelto
a viajar a otra Capital y de sus hijos, en especial de la mayor, que
ya cursaba la secundaria y de quien estaba tan orgullosa.
Él conocía a la señora Ottis desde que era una niña
y recordaba claramente una ocasión, treinta y siete años atrás, en
la que sus padres la llevaron por primera vez. Se habían mudado al
pueblo recientemente pero ya todos allí habían oído el apellido
Ottis pues era el de la pareja que el recientemente elegido alcalde
había contratado para dirigir la expansión del área urbana y
comercial, lo que en su momento no gustó a la comunidad. Pero cuando
esa mañana entraron en su tienda eran sólo una pareja con una niña
pequeña de ojos brillantes que intentó escapar con un chocolate con
crema de menta.
El sonido de la puerta al abrirse y cerrarse se abrió
paso lentamente entre su cálida ensoñación. Oyó pasos pesados que
no reconoció y abrió los ojos con curiosidad. Un muchacho alto, de
piernas largas y hombros anchos se movía erráticamente entre las
góndolas de metal, como si no supiese qué estaba buscando, hasta
que se detuvo frente a la cámara frigorífica con las bebidas.
Llamó su atención lo pálido que estaba, la expresión
aturdida en su anguloso rostro y el uniforme que vestía. Era la
primera vez que veía al muchacho pero conocía bien el uniforme pues
su local estaba ubicado cerca de la escuela secundaria del pueblo y
todas las tardes, al término de las clases, se veía inundado por
estudiantes.
—Una cara nueva en el pueblo —dijo a modo de
saludo, sonriendo y poniéndose de pie. El muchacho dio un respingo.
—Ah...hola. —Saludó con voz gruesa y se acercó
con una botella de refresco, sacando unas monedas de un bolsillo.
—¿No deberías estar en clases? —preguntó
tranquilamente mirándolo por debajo de las cejas mientras abría la
caja registradora.
—Sí, de ahí vengo —contestó con incomodidad
evidente—. Pero...bueno, me han expulsado. Era mi primer día así
que creo que es un nuevo récord. Soltó una breve y nerviosa risa que
ahogó con el refresco. El anciano lo miraba fijamente, sin
parpadear.
—¿Qué hiciste?
—Una cosa llevó a otra y terminé arrojando a un
cretino del segundo piso —respondió—. Pero está vivo, eh. Hubo
más susto que daño. Creo.
—No pareces arrepentido —comentó el anciano
volviendo a su banca. Había notado el cambio en la mirada del joven,
el brillo iracundo en su mirada y el temblor en sus dedos, como si
quisieran cerrarse en torno a algo.
—Lo mismo me dijo el Director —replicó con una
mueca de desagrado—. También dijo que si me disculpaba a la
escuela y a la familia podría quedarme.
—Y obviamente no aceptaste. ¿Por qué?
—No es la primera escuela de la que me expulsan
—admitió mirándolo fugazmente—. Cuando eres como yo te
acostumbras a que los problemas vengan como moscas a la mierda;
algunos quieren que hagas cosas, otros piensan que haces cosas y
otros no quieren que hagas absolutamente nada. Pedir disculpas no
hace más que empeorarlo todo, es como tener una deuda.
—Ah, pero sin importar donde vayas vas a encontrar a
personas así —El anciano sonrió ante el peso de los recuerdos—.
Lo que te corresponde es aprender a lidiar con ellas. De la manera
menos violenta posible, preferiblemente.
—Ya. No se cuántas veces me lo han dicho, pero no es
tan simple —Parecía genuinamente frustrado—. No para mi.
—Dices que no es la primera vez que te expulsan pero
esta vez hay algo distinto, ¿me equivoco? El muchacho despegó los
ojos de la etiqueta para mirarlo.
—Mis padres no están aquí, viviré solo hasta
terminar el año escolar —explicó tras unos segundos de duda—.
Bueno, ese era el plan. Pensaron que las cosas serían distintas si
tenía más responsabilidades, pero creo que simplemente se hartaron
de mis problemas.
—Dudo muchísimo que ese sea el caso —contestó con
amabilidad—. Sin importar lo que ocurra un hijo será siempre un
hijo. El muchacho bajó la mirada, terminó lo que quedaba de
refresco y soltó la botella vacía en el basurero.
—No tienes intención de darles la noticia. —adivinó
cerrando los ojos.
—No quiero darles otro disgusto tan pronto, y tampoco
es algo que ellos puedan solucionar —Oyó que le decía con una
evidente nota de resignación en la voz—. Soy yo quien tiene que
arreglar esto de alguna manera. ¿No?
Satisfecho el anciano respondió: —Supongo que te
veré a menudo, muchacho.
—Mads, me llamo Mads.
—Te queda bien.
—Demasiado, dicen algunos —Sonrió e inclinó la
cabeza como despedida—. Gracias.
—Hace muchos años conocí a una persona como tú,
joven pero con un algo que le hacía parecer como si conociera
el mundo entero, o lo que queda de él —dijo el anciano cuando la
puerta se abrió. Mads se quedó quieto y miró por encima de su
hombro—. Ella me dijo que a veces la única manera correcta de
hacer algo es la que sólo tú puedes idear. Este lugar existe
gracias a ese consejo así que es uno no tan malo.
—¿Quién era? —preguntó con inquietud.
—Mi esposa.
—Es un buen consejo, gracias. El anciano entreabrió
un ojo y lo observó hasta que se perdió de vista en la calle.
—No los dejes, Mads. Se acomodó y cerró los ojos.