sábado, 20 de octubre de 2018
Entre tazas de café
Eran ya pasadas las nueve de la noche cuando la campanilla de la puerta sonó furiosamente, acompañada por el sonido de las personas que entraban y una voz temblorosa dándoles la bienvenida. Un hombre joven, con un delantal negro que cubría su camisa color crema y sus pantalones negros hasta las rodillas, se acercó a prisa desde el segundo ambiente de la cafetería y dio un vistazo a los recién llegados.
—Espera —Detuvo con una mano a la muchacha que se disponía a atenderlos. Ella lo miró incómoda—. Yo me hago cargo de éstos, ¿puedes tomar la 18 y la 22?
—Por supuesto —aceptó asintiendo con la cabeza con gesto de alivio—. Gracias.
—Ni lo menciones. —El joven tomó cuatro cartas y se acercó a la mesa que habían ocupado con paso seguro. Normalmente no se hubiera molestado en ofrecerse, pero ella llevaba apenas dos semanas trabajando ahí y estaba bastante seguro de que le harían la noche un infierno.
—Buenas noches —Los saludó, repartiendo las cartas. Tres hombres y una mujer, todos con un tatuaje similar en la sien derecha y de más o menos su edad, se habían acomodado en la única mesa con sillones. Y con ellos un inconfundible tufo a alcohol. Por fortuna, ninguno parecía especialmente ebrio—. Sinceramente espero que licores no sean lo único de vuestro gusto.
—¿Eh? —Uno de los hombres, de facciones agudas y ojos extrañamente acuosos, que sudaba a mares bajo una chaqueta negra, lo miró de hito en hito—. ¿Dónde está la chica de la puerta?
—Lamentablemente tiene otras mesas que atender —contestó sonriendo. «Al menos no te estoy mintiendo.»
—Ah, que pena. Me gustaba, tiene pechos grandes —dijo con una sonrisa idiota. Los otros dos le dieron la razón.
—Tendrán que conformarse conmigo. Mi nombre es Joshua, os atenderé esta noche —replicó forzándose a seguir sonriendo. El tufo era increíble.
—No hay problema, Joshua —dijo la mujer sonriendo y mirándolo de arriba abajo—. No estás tan mal.
—Debe ser el alcohol. —Improvisó, sintiendo la mirada poco amigable de uno de los hombres. «El novio, supongo.»
—Acá vamos de nuevo —El tercero, que llevaba una camisa azul y el cabello largo sujeto en una cola de caballo, tamborileó sobre sus rodillas. Los otros miraron hacia otro lado y la mujer bufó por lo bajo—. Quiero un café fuerte para empezar, ¿qué me recomiendas?
—Un Ojo Negro es siempre...
—¿Crees que esto se pasa con uno de esos? —El hombre hizo un gesto de lo más elocuente.
«Tengo la sensación de que ésta será una noche jodidamente larga.»
—¿Qué tan mal están? —Le preguntó el barista con una sonrisa cuando, tras diez minutos, se acercó a la barra luego de haberles tomado la orden. Jacques era un hombre que estaba en sus treinta, cosa un tanto difícil de adivinar por su aspecto y lo jovial y descarado que solía ser.
—No tanto como el viejo loco del mes pasado, eso seguro —replicó.
—Dejó el listón demasiado alto. Al menos no han escatimado con el pedido —comentó dando una mirada al pequeño monitor que tenía al lado antes de arremangarse y empezar con la máquina de expreso.
—Y más les vale no escatimar en la propina.
—¿En metálico o...? Te retuvo un buen rato. —Le dirigió una sonrisa torcida al tiempo que miraba hacia la mujer del grupo.
—Si no tuvieras que estar aquí estarías con ellos, ¿no? —dijo sacando los emparedados para meterlos al horno.
—¿Qué quieres que te diga? —Alargó el cuello para ver mejor—. No está nada mal.
—¿Cómo le va a Sally? Sabía perfectamente por dónde iba la conversación y que si dejaba que Jacques soltara la lengua su noche iba a ser aún más incómoda.
—¿Cómo crees? Está atendiendo a nuestros regulares —respondió mirándolo por encima del hombro—. Te preocupas demasiado.
—Ya —asintió distraído—. Es sólo que es la primera que entreno. Y no es que sea una aprendiza particularmente rápida.
—Bah, como si eso importara. Es adorable, a nadie le importa si es un poco torpe o distraída.
Estaba a punto de responderle cuando la campanilla volvió a sonar, matando las palabras en sus labios. Jacques le indicó con una seña que se trataba de una persona, de modo que sacó los emparedados del horno y dejó la barra, cogió una carta al vuelo y fue a darle el encuentro. El hombre se había sentado en una mesa para dos, dando la espalda al cuarteto.
—Bienvenido, mi nombre es Joshua, estaré a su servicio —dijo, entregándole la carta. Era un hombre alto y bien formado, de espalda recta y rostro de facciones angulosas, debía estar en sus treinta pero cuando le devolvió la mirada el primer pensamiento que cruzó la mente del joven fue que había algo en sus ojos que no correspondían a su edad, y se estremeció ante la intensidad con la que lo miraba. Si tuviera que juzgarlo por su aspecto y el impecable terno que vestía diría que era abogado de alguien importante. O guardaespaldas.
—Gracias —contestó educadamente, tomando la carta con dedos delgados.
—Volveré a tomar su orden. El cliente asintió con la cabeza y lo dejó. A cualquier otra persona le habría sugerido, con un susurro, que se cambiara de lugar si la conversación del cuarteto le resultaba incómoda, pero dudaba que fuera necesario en ese caso.
—Otra larga noche —dijo Jacques con un suspiro alargándole un par de azafates con tazas de café, emparedados y un quiche.
Aprovechando la ocasión Joshua se miró al espejo. «Al menos no me veo demasiado cansado». Eran pasadas las once, los clientes regulares se habían marchado hacía más de una hora dejando al cuarteto y al hombre extraño como únicos comensales. No es que se pudiera quejar; los primeros habían ordenado tres veces y el quinto había ignorado por completo las provocaciones, incluso cuando le aventaron migajas de pan que luego él tuvo que barrer murmurando disculpas. Nada parecía molestar al hombre mientras leía un pequeño libro que había sacado de algún bolsillo.
—Sólo un poco más. —Se dijo en voz baja para animarse.
Dejó el cuarto de baño, salió al pasillo y entró al cuarto del personal. Allí, con la cabeza apoyada en los brazos, Sally dormía. La despertó sacudiéndole un hombro.
—Ve a casa, ya terminaste aquí. —Le dijo. Abrió su casillero y buscó en su mochila.
—Pero...
—Mañana tienes turno temprano, ¿no? «Dónde diablos las puse».
—Sí, pero... —La muchacha intentó protestar pero desistió no bien Joshua frunció el entrecejo—. ¿Estarán bien tú y Jacques hasta que cierren?
—Pan comido. Los dos estamos mañana en el turno de la tarde, así que no te preocupes por eso.
—Ya... —Sally dudó—. Voy a cambiarme, entonces.
Joshua respondió alzando un pulgar. Repasó mentalmente lo que había hecho esa mañana antes de salir de casa; se había despertado tarde, había metido el uniforme en la mochila, se había lavado la cara y dejado la casa sin desayunar. Se dio un golpecito en la frente; las había olvidado en la repisa del cuarto de baño.
—Pues nada.
Frustrado dejó el cuarto y volvió al salón principal. Jacques limpiaba meticulosamente la máquina de expreso por quinta vez esa noche. Lo miró de reojo y le dijo: —Te reclaman.
Joshua cabeceó un asentimiento y se apuró a la mesa, deseando no encontrar más migajas rodeando al hombre. Lo recibió el de la coleta ya de pie, con las manos en los bolsillos y expresión agria. En el sofá más alejado la pareja se había acurrucado y no para dormir, a juzgar por los ruiditos que salían de las sombras.
—Trae la cuenta, nos vamos.
—¿Efectivo? «Por fin, debimos cerrar hace una hora».
Recibió un gruñido de asentimiento, giró sobre sus talones y volvió a la barra, donde Jacques lo esperaba con el recibo entre los dedos. Mientras lo recibía Sally se les acercó preguntando: —¿De verdad no hay problema en que me adelante?
—Para nada —Jacques le giñó un ojo. El joven de la chaqueta la vio y silbó sin el menor disimulo.
—Cuídate. —La despidió. Ella asintió, lo besó en la mejilla y se apuró a la puerta.
Regresó a la mesa, donde lo esperaba el de coleta. Dio un vistazo al recibo, sacó un par de billetes y pagó, tras lo cual dio un golpe al de la chaqueta, que se había quedado mirando la puerta, y con un par de maldiciones especialmente malsonantes arreó al resto. Joshua los acompañó a la salida con la sonrisa congelada en la cara, cerró la puerta no bien cruzaron el porche y dejó escapar un suspiro de alivio.
—¿Ya van a cerrar? —preguntó el hombre del terno cerrando su libro con un golpe sordo.
—No hasta que el último cliente se marche satisfecho —contestó a toda prisa. Odiaba decir eso, pero era lo que todos estaban obligados a decir cada vez que se daba la oportunidad.
—En ese caso, antes de irme, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Por supuesto, aunque si es respecto al café nuestro barista…
—No, no —Lo detuvo con una sonrisa apenas visible—. Quiero saber si están dispuestos a vender este local.
—Ah… —Joshua parpadeó. Era la primera vez que le preguntaban algo así—. Lo siento, no creo que el dueño esté contemplando esa opción.
—Oh, entonces él no está aquí esta noche. —El hombre hizo el gesto de fruncir el ceño, pero ni una arruga apareció en su frente. Recién entonces Joshua se percató que no tenía ni una en el rostro, cuello o manos.
—Sí, él ha viajado a otra Capital, pero si usted desea puede dejar su tarjeta o medio de contacto y se lo haré llegar.
—No será necesario —respondió poniéndose de pie y dejando en la mesa un billete—, regresaré en otra oportunidad.
—Lo esperamos —contestó mecánicamente. A través de los cristales de la puerta vio que el cuarteto seguía allí, quizás discutiendo a dónde ir o simplemente esperando a alguien, y añadió— Buenas noches, y vaya con cuidado.
—Gracias —El hombre guardó el libro en un bolsillo interior del saco y abrió la puerta—. Ciertamente no es bueno que la Noche campe sola.
Viento helado se metió por la puerta cuando el hombre se marchó, haciendo volar el billete de la mesa y recordándole a Joshua lo delgadas que eran las camisas del uniforme. Con aire confundido el muchacho se volvió hacia Jacques, que había escuchado la breve conversación desde su posición junto a su querida máquina de café, y se encogió de hombros.
—Venga, cerremos —dijo el barista, con una última mirada de desconfianza hacia la puerta. Joshua asintió, extrañamente incómodo ante la idea de volver a atender a esa persona. Se inclinó y recogió el billete; el rostro impreso le devolvió la mirada, y por un instante creyó ver que le guiñaba un ojo.
—Necesito dormir. Y mis pastillas. Y dormir un poco más —musitó para sí.
El invierno se acercaba y las noches eran frías y ventosas, y Joshua empezó a preguntarse si no sería su última temporada allí.
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