Capítulo 1
Despertó con la incómoda sensación de que alguien lo estaba mirando fijamente. No se movió ni un centímetro y durante unos minutos, que parecieron horas, intentó ignorarla, pero finalmente perdió la paciencia y giró la cabeza hacia la puerta de la habitación. Estaba entreabierta, pero no había nadie allí. Estaba completamente seguro de que había cerrado la noche anterior.
Gruñó mientras se sentaba en el borde de la cama, y entonces vio al gran gato atigrado que, sentado bajo el umbral, lo miraba fijamente. El muchacho sonrió y estiró los brazos mientras decía:
—Por supuesto, tienes hambre. No eres el único.
No bien salió de su habitación, notó que la casa estaba más silenciosa que de costumbre. Bajó las escaleras, cruzó la sala de estar, espió el comedor y entró a la también desierta cocina. No había rastro de sus padres, lo que era extraño pues acostumbraban pasar los domingos en casa. Ello le devolvió a la memoria la desagradable discusión que había tenido con ellos la noche anterior.
—Miau. —El gato se frotó contra sus piernas.
—Mucho mejor así —murmuró con alivio. Tenía la sensación de que ambos estarían más que dispuestos a seguir con la discusión.
Antes de preparar su propio desayuno, abrió una lata de atún para gatos y la vació en el plato de la mascota, que ni siquiera esperó a que cayera todo el contenido para empezar a devorarlo ronroneando con la fuerza de un pequeño motor. Lo miró distraídamente antes de empezar con el suyo.
Quince minutos más tarde estaba sentado en la barra de la cocina con media docena de emparedados de huevo y tocino y una taza de café. A través de la ventana que tenía al costado podía ver el bonito paisaje que conformaba las afueras de Glarden, la enorme ciudad donde vivía y a la cual aún no se había acostumbrado.
Hacía dos meses que se habían mudado dejando atrás el pueblo en el que había pasado toda su vida. A sus padres les habían hecho una oferta de empleo que no habían podido rechazar y tras dos días frenéticos, habían empezado a desempacar en su nuevo hogar.
Todo había cambiado desde que se mudaron. Ambos trabajaban prácticamente todo el día y llegaban a casa ya caída la noche, y él, que había terminado la escuela poco antes de la mudanza, honraba la vieja tradición del año sabático para frustración de sus padres.
—Creo que iré a dar una vuelta —musitó para sí. Era un bonito día de verano y sería un desperdicio quedarse en casa.
Glarden le parecía una ciudad extraña. El centro era una metrópolis circular construida en un amplio valle rodeado por altas colinas cubiertas de hierba en cuyas faldas y cimas planas habían construido urbes más pequeñas para alojar a la creciente población. Carreteras y una estación de metro conectaban cada urbe con el centro, que era donde estaba todo lo interesante.
Pasó buena parte de la mañana paseando por la Plaza Alta, la zona más comercial de la ciudad, llamada así por estar sobre una colina solitaria. Fuera a donde fuera había tanta gente que era difícil moverse, así que terminó por ir a la Fuente de los Fundadores, una glorieta con estatuas que representaban a los peregrinos que, quinientos años atrás, habían llegado a esa misma colina y colocado los cimientos de la ciudad.
Luego de almorzar en uno de los abarrotados restaurantes de comida rápida, se dirigió a la estación de metro más cercana. El súbito sonido de su móvil lo sobresaltó y se detuvo a un lado del camino. Miró la pantalla y se llevó una gran sorpresa al ver que no había ningún nombre o número en ella, sólo una palabra: ERROR.
—¿Eh?
Echó un disimulado vistazo alrededor y bajó al mínimo el sonido del aparato pensando que podía ser alguna clase de broma o el acto de un supuesto mago callejero. Pero no había nada sospechoso en los alrededores, sólo personas comunes y corrientes.
Frunció el ceño con fastidio. Fuera quien fuera quien lo estuviera llamando no desistía. Dudó un segundo y contestó, pero lo único que se oía era el típico ruido de interferencia, lo que no tenía ningún sentido, y antes de poder colgar la llamada terminó abruptamente. Con ella todos los ruidos se apagaron: las voces, los chirridos, las risas..., sólo quedó el viento que levantaba hojas del suelo.
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