jueves, 29 de noviembre de 2018

Reminiscencias


Tras el mostrador un hombre de edad avanzada se sentó en un banco bajo la ventana disfrutando de los rayos solares y el fresco viento que entraban por ella. Parpadeó con ojos cansados, mirando la silenciosa tienda donde se encontraba, y sonrió débilmente. El reloj de pared le indicó que eran las nueve de la mañana y empezó a dejarse vencer por el sueño arrullado por su rítmico tic-tac.
—Hoy es lunes, la señora Ottis vendrá a las once —murmuró para sí. Ejercitó su memoria—. Comprará cinco chocolates con crema de menta, dos latas de frutas en conserva, tres paquetes de galletas de vainilla y una de naranja, tres cajas de cereal de chocolate, tres botellas de yogur natural y dos de refresco de naranja, artificial por supuesto.
Rio para sus adentros y recostó la barbilla en el pecho. Podría dormir hasta las once, hasta que la regordeta señora Ottis entrara como un huracán y empezara a hablarle mientras recorría la tienda de la manera más ruidosa y caótica posible. Le hablaría del poco tiempo que tenía, de que su marido había vuelto a viajar a otra Capital y de sus hijos, en especial de la mayor, que ya cursaba la secundaria y de quien estaba tan orgullosa.
Él conocía a la señora Ottis desde que era una niña y recordaba claramente una ocasión, treinta y siete años atrás, en la que sus padres la llevaron por primera vez. Se habían mudado al pueblo recientemente pero ya todos allí habían oído el apellido Ottis pues era el de la pareja que el recientemente elegido alcalde había contratado para dirigir la expansión del área urbana y comercial, lo que en su momento no gustó a la comunidad. Pero cuando esa mañana entraron en su tienda eran sólo una pareja con una niña pequeña de ojos brillantes que intentó escapar con un chocolate con crema de menta.
El sonido de la puerta al abrirse y cerrarse se abrió paso lentamente entre su cálida ensoñación. Oyó pasos pesados que no reconoció y abrió los ojos con curiosidad. Un muchacho alto, de piernas largas y hombros anchos se movía erráticamente entre las góndolas de metal, como si no supiese qué estaba buscando, hasta que se detuvo frente a la cámara frigorífica con las bebidas.
Llamó su atención lo pálido que estaba, la expresión aturdida en su anguloso rostro y el uniforme que vestía. Era la primera vez que veía al muchacho pero conocía bien el uniforme pues su local estaba ubicado cerca de la escuela secundaria del pueblo y todas las tardes, al término de las clases, se veía inundado por estudiantes.
—Una cara nueva en el pueblo —dijo a modo de saludo, sonriendo y poniéndose de pie. El muchacho dio un respingo.
—Ah...hola. —Saludó con voz gruesa y se acercó con una botella de refresco, sacando unas monedas de un bolsillo.
—¿No deberías estar en clases? —preguntó tranquilamente mirándolo por debajo de las cejas mientras abría la caja registradora.
—Sí, de ahí vengo —contestó con incomodidad evidente—. Pero...bueno, me han expulsado. Era mi primer día así que creo que es un nuevo récord. Soltó una breve y nerviosa risa que ahogó con el refresco. El anciano lo miraba fijamente, sin parpadear.
—¿Qué hiciste?
—Una cosa llevó a otra y terminé arrojando a un cretino del segundo piso —respondió—. Pero está vivo, eh. Hubo más susto que daño. Creo.
—No pareces arrepentido —comentó el anciano volviendo a su banca. Había notado el cambio en la mirada del joven, el brillo iracundo en su mirada y el temblor en sus dedos, como si quisieran cerrarse en torno a algo.
—Lo mismo me dijo el Director —replicó con una mueca de desagrado—. También dijo que si me disculpaba a la escuela y a la familia podría quedarme.
—Y obviamente no aceptaste. ¿Por qué?
—No es la primera escuela de la que me expulsan —admitió mirándolo fugazmente—. Cuando eres como yo te acostumbras a que los problemas vengan como moscas a la mierda; algunos quieren que hagas cosas, otros piensan que haces cosas y otros no quieren que hagas absolutamente nada. Pedir disculpas no hace más que empeorarlo todo, es como tener una deuda.
—Ah, pero sin importar donde vayas vas a encontrar a personas así —El anciano sonrió ante el peso de los recuerdos—. Lo que te corresponde es aprender a lidiar con ellas. De la manera menos violenta posible, preferiblemente.
—Ya. No se cuántas veces me lo han dicho, pero no es tan simple —Parecía genuinamente frustrado—. No para mi.
—Dices que no es la primera vez que te expulsan pero esta vez hay algo distinto, ¿me equivoco? El muchacho despegó los ojos de la etiqueta para mirarlo.
—Mis padres no están aquí, viviré solo hasta terminar el año escolar —explicó tras unos segundos de duda—. Bueno, ese era el plan. Pensaron que las cosas serían distintas si tenía más responsabilidades, pero creo que simplemente se hartaron de mis problemas.
—Dudo muchísimo que ese sea el caso —contestó con amabilidad—. Sin importar lo que ocurra un hijo será siempre un hijo. El muchacho bajó la mirada, terminó lo que quedaba de refresco y soltó la botella vacía en el basurero.
—No tienes intención de darles la noticia. —adivinó cerrando los ojos.
—No quiero darles otro disgusto tan pronto, y tampoco es algo que ellos puedan solucionar —Oyó que le decía con una evidente nota de resignación en la voz—. Soy yo quien tiene que arreglar esto de alguna manera. ¿No?
Satisfecho el anciano respondió: —Supongo que te veré a menudo, muchacho.
—Mads, me llamo Mads.
—Te queda bien.
—Demasiado, dicen algunos —Sonrió e inclinó la cabeza como despedida—. Gracias.
—Hace muchos años conocí a una persona como tú, joven pero con un algo que le hacía parecer como si conociera el mundo entero, o lo que queda de él —dijo el anciano cuando la puerta se abrió. Mads se quedó quieto y miró por encima de su hombro—. Ella me dijo que a veces la única manera correcta de hacer algo es la que sólo tú puedes idear. Este lugar existe gracias a ese consejo así que es uno no tan malo.
—¿Quién era? —preguntó con inquietud.
—Mi esposa.
—Es un buen consejo, gracias. El anciano entreabrió un ojo y lo observó hasta que se perdió de vista en la calle.
—No los dejes, Mads. Se acomodó y cerró los ojos.

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